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EL NIÑO LOBO, de Rosine Lefort (*)

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Un caso que hará época en el decir de J.A. Miller, “tabla de orientación” en psicoanálisis infantil, para tratamientos de niños autistas y psicosis graves.  

Lacan invita en su primer seminario,  “Los escritos técnicos de Freud” a Rosine Lefort, para enseñar lo que en “el plano del yo como función imaginaria” puede revestir una función anómala.

Se trata de Robert, un niño de tres años y nueve meses que se encuentra con Rosine en el orfanato en la que ella trabajaba. Había sido ingresado por un “estado parapsicótico no francamente definido”. El tratamiento duró un año inicialmente. Se interrumpió por el nacimiento del hijo de la psicoanalista, tiempo en que se hizo cargo Robert Lefort, marido de Rosine. Posteriormente, ella retoma la cura.

La historia que Rosine pudo reconstruir de este chiquito es verdaderamente terrible: hijo de padre desconocido y una madre ingresada por paranoia que descuidando cuidados fundamentales, olvidaba alimentarlo. Fue hospitalizado por desnutrición a los 5 meses, momento donde sufrió también una intervención maxilar sin anestesia. Cuando se encuentra con Rosine, ya había transitado por 25 sitios distintos de residencia; se movía pendularmente al andar y tenía gran incoordinación de movimientos, inclusive los de prensión, que lo obligaban a recomenzar el movimiento del brazo si el objeto no era retenido. Usaba pañales. En cuanto al lenguaje, había una ausencia total de habla coordinada, gritos frecuentes y sonidos guturales.  Solo decía dos palabras: Madame! y  El lobo! Esto último era la representación que él tenía de sí mismo. Un “niño salvaje” dice Lacan, “que sólo vive lo real”.

Extraigo algunas intervenciones de Rosine Lefort, (“mi alumna” en el decir de Lacan) según consta en el relato que ella misma hizo del caso en ese Seminario de 1954:

“Los objetos, los tomaba o bien los rechazaba, o también los amontonaba sobre mi”.

“…su comportamiento con las puertas, a las que no podía soportar abiertas; pasaba el tiempo de la sesión abriéndolas, para que yo las volviera a cerrar, gritando: El lobo!”

“Robert había por fin tomado el biberón…echó la cabeza hacia atrás, se inundó de leche y vertió el resto sobre mi…tuve que recoger a Robert en la escalera, por donde empezaba a rodar.”

“Al comienzo de tratamiento se creía obligado a hacer caca en sesión, pensado que si me daba algo, me conservaba. Solo podía hacerlo apretándose contra mí, sentándose en el orinal, teniendo con una mano mi guardapolvo…comía antes y sobre todo después. No leche, sino bombones y tortas”.

“Comenzó a ser agresivo conmigo…Yo misma asistía en sesión a verdaderos torbellinos en los que me costaba bastante trabajo intervenir”.

“Mis interpretaciones tendieron, sobre todo a diferenciar los contenidos de su cuerpo desde el punto de vista afectivo. La leche es lo que se recibe. La caca es lo que se da”.

“Numerosas intervenciones transcurrieron así: cuando hacía pipí en el orinal…estaba desolado. Yo lo calmaba diciéndole que había recibido muy poco como para poder dar algo, sin que eso lo destruyera…Mi actitud fue mostrarle la realidad del orinal, que seguía existiendo después del vaciado de su pipí”.

“A través de estas interpretaciones y de mi permanencia, Roberto introdujo progresivamente un lapso de tiempo entre el vaciado y llenado, hasta el día que pudo volver triunfante con un orinal vacío en sus brazos. Era visible que había adquirido idea de la permanencia de su cuerpo”.

“El momento desvestirse era ocasión de verdaderas crisis…vino a sesión, comenzó a desvestirse en un estado de gran ansiedad y completamente desnudo…golpeaba su imagen gritando el lobo!”

“Luego de estar agresivo conmigo, trata de destruirse. Trataba de romper el biberón que lo representaba. Yo le quitaba el biberón de las manos porque no estaba en condiciones de soportar romperlo”.

“Me hizo jugar el papel de la madre que lo hambreaba. Me obligó a sentarme en una silla donde tenía su vaso de leche, para que yo lo volcase…se volvió contra mí y con gran violencia, me hizo tragar agua sucia gritando El lobo!”

“Paralelamente, me hizo jugar otro aspecto de la madre…que se va…Hizo pipí encima mío en un estado de gran agresividad …y ansiedad”.

“Roberto me separó de él durante una sesión encerrándome en el cuarto de baño, después volvió a la habitación de las sesiones, sólo, subió a la cama vacía y se puso a gemir. No podía llamarme y era preciso sin embargo que yo volviese, pues era la persona permanente. Volví. Roberto estaba extendido, patético…y por primera vez en una sesión se hizo consolar.”

“Más adelante pudo beber la leche del biberón, en mis brazos…me daba de comer mientras decía, palpándose: Roberto; luego me palpaba y decía: No Roberto. Utilicé mucho esto es mis interpretaciones para ayudarlo a diferenciarse”.

“Me fui de vacaciones…Cuando regresé, vació como para destruirlos, la leche, su pipí, su caca…y lo tiró al agua. Sólo mi permanencia podía constituir el enlace con una nueva imagen de sí mismo, como un nuevo nacimiento. En ese momento adquirió una nueva imagen de sí mismo”.

Si interesa detenernos en esa abundante lista de intervenciones (que no son todas), es porque nos muestran la posición de una analista en acto, y en actos no estandarizados: numerosos y con finalidades distintas en cada una de las intervenciones. Se trata de una analista que se deja usar, que pone su cuerpo para ser continente, que se deja encerrar en un armario; que limita el goce que comanda al sujeto cuando éste corre peligro; que tolera ser depositaria de los objetos pulsionales del paciente para favorecer una mínima localización; que consiente a ser bañada con leche por entender que en ese autobautismo el paciente se construía una imagen del cuerpo a la vez que intentaba diferenciar el cuerpo propio y el del Otro; que tolera la agresividad hasta llegar a soportar la ingesta de agua en mal estado, transmitiendo que aun así el Otro no desaparece ni responde en el mismo plano; que interpreta anexando simbólico donde no lo había; que retoma los escasos dichos del paciente para operar.

Rosine termina su exposición diciendo que fue a partir de la construcción de la imagen del cuerpo, que el cuadro clínico cambió: las perturbaciones motoras habían desaparecido, Robert pudo tener un trato amistoso con otros niños, hecho que permitió integrarlo en grupos de trabajo; aunque a nivel lingüístico permaneció en un nivel rudimentario: solo palabras esenciales sin poder construir frases. “Tenía al menos dos palabras” dijo Lacan, tras escuchar el relato. Se puede percibir dice Miller como esas dos pobres palabras de Robert, van adquiriendo un estatuto diferente al de los objetos, a lo largo del tratamiento. El lobo que tenía en el inicio una significación precisa como signo del sujeto, luego comienza a desplazarse hasta situar las distintas versiones del Otro malvado.

Se puede verificar “la transformación” en este niño, dice Miller en “La matriz del niño lobo”. Si fue posible pasar de la complejidad del estado inicial caracterizado por un goce puro, que incluía un episodio de automutilación… “a una cierta operación de dominio, a partir de la articulación significante, teniendo alcance sobre el (a)”, si fue posible pasar a un sujeto barrado aunque como débil; sólo fue por la presencia de la analista.

Como era esa presencia? “Yo era la persona permanente” dice Rosine: una presencia regular que sin duda aportaba seguridad a Robert, llegando ella incluso a no desentenderse de la demanda de amor: Rosine le coge en brazos, por ejemplo. Insiste Miller en que ella no cuida a Robert, no le vigila, “así que, naturalmente, el espacio que queda si ella no se ocupa de las necesidades, es el del amor”. Fue una analista que estando atravesada por el deseo de saber, pudo estar en una posición radicalmente opuesta al lugar del Otro del goce.

Y además, vemos en acto a una analista que sabía leer. Son magistrales- y de una vigencia fundamental para la actual clínica actual- su lectura del caso acerca de la construcción de la imagen del cuerpo; de la elaboración de un vaciado-llenado que funcionó como extracción en sustitución de la separación del objeto que no había operado; y su claridad acerca de la diferenciación Sujeto-Otro.  Esos planteamientos conceptuales están contenidos en el caso Robert. De modo que Miller disiente de la presentación modesta que ella hace de sí misma: la de ser una virgen tomadora de notas. Más bien su virginidad residía en hacer un registro minucioso del material, llegando a confeccionar un plano para dar cuenta de los desplazamientos imprevistos del paciente donde tenían lugar las sesiones. Y con toda precisión se ve al paciente hacer un gesto, y a Rosine responder a este gesto con un enunciado. No era una neoconductista que solo registraba conductas al margen de la comprensión e interpretación. Dice Miller, ella tenía en mente algo muy preciso. Más aún, teniendo en cuenta que cuando ella se hizo cargo del tratamiento de Robert, Lacan todavía no había iniciado su enseñanza.

“Hacía lo que el paciente me decía”, comenta Rosine. Esta docilidad estaba sin embargo, sostenida por la transferencia a su analista. “En el camino sobre la Cresta de la Duna”, siendo entrevistada por Judith Miller, Rosine cuenta que Lacan conocía el caso por unas  pocas notas escritas que ella le hizo llegar durante el final de la primera etapa de su análisis, que duró dos años, tiempo en el que se inició en el trabajo con niños.

Si algo había aprendido ella de su tratamiento con Lacan era la no ritualización del acto analítico, que éste puede tener lugar en diferentes circunstancias. Lacan lo hacía con ella: como sostén al mutismo de Rosine, la llevaba en coche mientras él visitaba pacientes en hospitales; compartían una comida si era oportuno; pedía pruebas médicas de los episodios fundamentales que habían marcado la vida de Rosine; la corrió casi hasta la puerta del metro en una ocasión; en otra amenazó con echar a todos los pacientes que aguardaban en la sala de espera si ella no hablaba- y de hecho, lo hizo…

Rosine Lefort estaba marcada por la exigencia superyoica familiar, donde solo había lugar para la inteligencia. Su madre era una mujer “sorprendente humanamente, a condición de no ser uno de sus hijos”. Su padre un hombre demasiado maternal que a los 9 meses la dejó caer, tras estrecharla demasiado fuerte contra él. Como consecuencia tuvo una fractura en la pierna. El cuerpo de Rosine contenía las palabras de sus padres que la habían “matado”, las de sus cuidadoras que la injuriaban. Con una infancia atenazada por fobias, sonambulismo y pesadillas; Rosine estuvo 10 años en cama enteramente enyesada, desde los 17 a los 27 años. Cuando el médico dijo que ya no estaba enferma, perdió el apoyo de la psicosomatización y comenzó el análisis. En las primeras vacaciones de su analista, rozó la muerte por una infección generalizada, debido a una zambullida mal hecha.

Llegó a un momento en su cura, donde el silencio se instaló de manera tenaz: veinte o treinta minutos, en cada sesión, durante 8 meses. “Estaba aterrorizada por ese agujero en el que no podía poner ninguna palabra…El mismo agujero que encontré en los niños”. Dijo  al respecto: “si Lacan no hubiese infiltrado algo de lo simbólico mediante las palabras, ni dado algo de lo vivido en la sesión, no habría vuelto jamás”.

Fue Lacan quien insistió en que diera difusión a sus notas por un doble motivo: por lo que enseñaban al psicoanálisis pero también como testimonio de la cura de la propia Rosine. En ella misma estaba inscripto el lugar de desecho en lo real y poder hacer con ello como analista, era una enseñanza “de pase”.

Discretamente se puede leer, dice Miller, en esa cura una duplicación del tratamiento de lo real, el del niño lobo y el de la propia Rosine.

Una analista atravesada por lo real, que supo velarlo en acto, con su propio cuerpo.

 

(*) Texto publicado en www.ccbcn.info/conversacion-on-line