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Modalidades del Sujeto Obsesivo

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Cuando vemos a un sujeto obsesivo “en bruto”, decía Lacan en su Seminario V, estamos ante un sujeto lleno de impedimentos, inhibiciones, obstáculos, temores, dudas o prohibiciones. Esa es la parte notoria de los síntomas del obsesivo, promovidos por las exigencias del Super Yo.

Pero me interesa recortar con más detalle algunas de esas particularidades que podemos observar frecuentemente en la clínica, valiéndome de las precisiones que Jacques Lacan formula en el año 1958.

En la Neurosis Obsesiva tiene una importancia capital la fórmula verbal, hasta el punto que la obsesión está siempre verbalizada. Esto lo sabía Freud, que pensaba que en la cura de una Neurótico Obsesivo solo se progresaba cuando se conseguía que el sujeto diera a sus síntomas todo su desarrollo, lo que era a veces también un agravamiento clínico.

Lacan incide en este punto diciendo que en todas las fórmulas verbales obsesivas, encontramos una “destrucción completamente articulada”. Ello quiere decir que el sujeto es víctima de una destrucción verbal del Otro, lo que tendrá su reflejo en la estructura misma del síntoma.

Ante esto, y como modo de compensación, el obsesivo usa la fórmula de la anulación. La anulación no se refiere como podría pensarse, al borramiento de la marca o del acto,  sino a un recurso simbólico. Es decir, de lenguaje. No hay anulación posible en el ámbito animal. Para anular algo, ese algo tiene que haber sido formulado con palabras. En la anulación ocurre como si se encerrara entre paréntesis, como si no existiera, un significante elemental.

Otro recurso es la blasfemia, el sujeto llega a tener temor de hacerle daño al Otro con pensamientos, que es lo mismo que decir: con palabras, porque son pensamientos hablados. La blasfemia, muy propia de los obsesivos, consigue la caída de un significante privilegiado, aquel que está en relación a la función del Padre. Cuando se blasfema se hace descender al Otro a la categoría de objeto, para intentar destruirlo.

Como vemos el obsesivo es alguien que está instalado solidamente en el significante, y sólo en esa articulación consigue tramitar su gran conflicto con el Otro. Aunque se vale de esta articulación para un entrampamiento: el obsesivo aspira a sostener al Otro con los mismos recursos simbólicos con los que aspira a destruirlo.

Un sujeto obsesivo siempre está pidiendo permiso. Así se emplea a fondo en restituir al Otro, se pone en la más extrema dependencia con respecto a él. Al obsesivo le resulta esencial mantener ese lugar y por eso, Freud detectó en él una defensa fundamental: la Versagung, que traducido del idioma alemán, traducimos como negativa. La negativa es la contrapartida al permiso. Es la contrapartida que asegura una repetición de decisiones y arrepentimientos que podrían llegar a no tener fin.

El sujeto obsesivo, cree no estar autorizado para acceder a su deseo pero si llegase a toparse con la posibilidad de una supuesta e imaginaria autorización, se negará a llevar adelante su deseo, en una basculación insistentemente recíproca de permiso y la negativa.

De esta manera, la postergación, también llamada procastinación, de su acto está asegurada. Lacan lo precisa en estos términos, página 421, del mismo Seminario V: “el pacto es negado sobre un fondo de promesa”. Se trata del supuesto pacto con el Otro que el mismo sujeto desplaza, a un futuro incierto.  Aunque no aniquile su deseo, semejante dilación tiene el mismo efecto de imposibilitar su deseo. Cuando ese futuro llegue, será necesario volver a desplazar la oportunidad hacia adelante. Callejón sin salida asegurado.