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La fascinación por la imagen y sus efectos

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Es frecuente encontrarnos con niños muy pequeños, que piden ver imágenes o juegos electrónicos antes incluso de tener pleno dominio del lenguaje oral. La red está impregnada de jóvenes fotografiándose a sí mismos.  Muchos padres amenizan con vídeos; llantos, esperas o aburrimientos infantiles.

En una primera aproximación, se puede decir que la imagen que devuelven las pantallas cumple distinta función en la infancia que en la adolescencia. En los menores, suele ser un tranquilizador que por lo general promueve un mundo desconocido, a explorar, a través de series, de dibujos animados, de cuentos. Los niños contemplan generalmente con fascinación imágenes ajenas a su vida cotidiana; mientras que los adolescentes claramente invierten el orden, ya no se trata de mirar sino que se ofrecen para ser mirados.

Sin embargo, el denominador común para ambas edades es que lo que se busca, es la constatación de una presencia. Encontrar un reaseguro en otros, que impida sentir la soledad constitutiva de cada uno.

La verificación de que alguien está mirando es una significativa modificación del lazo social; la mirada ha logrado desprenderse del intercambio oral y a menudo de la presencia física, para sostenerse en un “hacerse ver” permanente.

No deja de resultar paradójico que la constatación de esa presencia se busque en una realidad virtual. Solemos ver a jóvenes reunidos en un espacio físico común pero a la vez solitariamente relacionados con sus móviles. ¿Qué hay allí que tanto fascina? Dos factores muy precisos: por un lado, la inmediatez que descarta cualquier atajo o demora en la satisfacción, y por otro lado; la recompensa narcisista que se obtendrá por ofrecer una imagen sin apariencias de fisuras.

Lo que a menudo se desconoce, es que la imagen que se ofrece a los demás es ya una imagen virtual que oculta la falta constitutiva del sujeto, antes incluso de captarse en una fotografía; de allí que la que se envía o publica, suele ser la mejor versión de esa virtualidad. La imagen ofrecida es, por decirlo de algún modo, una duplicación de ese ocultamiento, es la insistencia por negar lo que falta. 

Los pares también intercambian por la red sus propias imágenes bajo la misma modalidad, en una especie de reaseguro de aceptación popular. El que mira es una presencia imaginaria y para serlo, basta con que no sancione lo que ve. Es este juego de espejos favorecido por los soportes tecnológicos, lo que los creadores de Instagram han advertido rápidamente, al no incluir en su aplicación la función “No me gusta”. 

Y por el contrario si alguien agrede, es la pantalla quien retiene y deshumaniza tanto al agravio como al agresor. Los actos cometidos no son tales, pierden la dimensión de responsabilidad ya que al fin y al cabo, el otro era una mera semblanza.

En este intercambio visual, la ley queda astutamente situada en el exterior, ajena al espejismo virtual, según denuncia el creciente esfuerzo legal por regular la intimidad, el honor y los derechos particulares, en la red. Si finalmente interviene la legislación, no consigue hacerlo más que secundariamente al delito, fracasando en su dimensión de anticipación.

Pero no solo los menores están sumidos en esta nueva realidad. Quienes como padres o adultos, podrían interponerse acotando el culto a la imagen, quedan impregnados, muchas veces, también en esa circularidad; porque también para algunos mayores, la imagen supone una novedosa y eficaz vía de goce.

El riesgo para los menores es el extravío: el narcisismo exaltado no orienta el deseo. Permitirle a niños y adolescentes transitar por ese derrotero, sin ningún tipo de regulación, los entroniza tornándolos insoportables e impermeables al deseo de los otros.

En los adultos, el goce exacerbado conlleva siempre un deterioro subjetivo, pero con el agravante de que cuando los padres se identifican con el modo de goce de sus hijos, la función paterna pierde radicalmente su eficacia.