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¿Por qué repetimos aquello que nos duele?

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Este es uno de los grandes interrogantes que resuelve Sigmund Freud, en 1920.  

Hasta ese momento, él entendía que el funcionamiento psíquico de cada sujeto, estaba gobernado por dos grandes Principios.

Uno; el Principio del Placer, que persigue un objetivo único: procurar placer y evitar el displacer, sin trabas ni límites. Es un axioma fácil de comprender: si la tensión física y psíquica se incrementan en el cuerpo, sin tener resolución, las sensaciones desagradables están garantizadas; por tanto, para asegurar el placer es necesaria la descarga.

El segundo principio es El Principio de Realidad, que modifica al anterior, imponiéndole las restricciones necesarias para que se produzca la adaptación al mundo exterior. Cuando estamos bajo el Principio de Realidad lo que se representa psíquicamente, puede ser agradable o displacentero, lo esencial es que permita un funcionamiento acorde al medio. El Principio de Realidad no renuncia a la satisfacción pero la pospone, tolera provisionalmente el displacer, como un necesario y largo rodeo para llegar al placer.

Ahora bien, en un texto ya célebre de la literatura psicoanalítica, Freud conceptualiza un tercer Principio: el "Más allá del principio del placer". Sobre él dirá, ni más ni menos, que es el motor que rige la vida anímica, el más primario de los Principios y que si se vio llevado a formularlo ha sido por la evidencia: ha constatado como fracasa el Principio del Placer en la regulación anímica de los individuos.

Como paradigma del Más allá del Principio del Placer aísla un fenómeno psíquico que observa en el trabajo clínico con sus pacientes, pero que también advirtió en cierto tipo de juegos infantiles, e incluso, en la vida cotidiana de sujetos que no están bajo tratamiento psicoanalítico.

El fenómeno en cuestión es la Compulsión de Repetición. El hecho de que lo presente como compulsión indica ya una inclinación que no puede dejar de ejecutarse, y fundamentalmente, hace referencia a que ese apremio, al que se no se puede renunciar, es del orden de lo pulsional.

Y aún más: esa compulsión dice, es una exteriorización forzosa de lo que el sujeto ha reprimido inconscientemente, sin que él mismo lo supiera. Es decir, hay un desconocimiento sobre el hecho de que está repitiendo un suceso pasado en circunstancias actuales; pero también, en ocasiones, es el único modo para el sujeto, de enterarse de lo que había sido sepultado.

La mayoría de las veces lo que se repite compulsivamente provoca displacer en el sistema consciente, pero reporta una satisfacción en el inconsciente. Esta es la gran trampa en la que nos desconocemos: aquello que repetimos, por perjudicial que pueda parecernos, reporta un placer ignorado: por eso insistimos !!

Desde este punto de vista, el destino fatal de las personas cae bajo sospecha.

Se comprenderá mejor con ejemplos que pueden resultar cercanos: quienes inician proyectos que indefectiblemente, uno por uno, terminarán truncándose; personas en quienes todas sus amistades terminan traicionándolas; otros que elevan a una persona a la condición de autoridad y tras un lapso señalado, la destronan para sustituirla por una nueva; personas generosas que después de un cierto tiempo sufren la ingratitud de quienes habían sido ayudados; etc., etc.

La Compulsión de Repetición hace referencia a un “eterno retorno de lo igual”. Por supuesto que se excluyen entonces, de esos destinos trágicos, las contingencias, el azar, que inexorablemente se entrelazan con la vida.

En algunos casos, donde hay una conducta activa de la persona, se puede ver, si se analiza con detenimiento, cual es el rasgo común que se repite en cada vivencia del individuo.

Pero los que verdaderamente asombran, dice Freud, son aquellos casos donde la vivencia parece ser pasiva, y la responsabilidad pareciera ser ajena. Podemos ilustrarlo con la clínica contemporánea: cierta mujer que al cabo del tiempo, termina siendo maltratada por cada una de sus parejas. A priori podríamos decir que ellos son los maltratadores, por tanto, no habría más que un destino fatal en juego. Y podríamos seguir sosteniéndolo, si ignoramos las elecciones inconscientes que comandan nuestra vida.

Freud responde a ello con contundencia: “El psicoanálisis, desde siempre pensó, que el destino fatal de un individuo, es autoinducido” (*). ¿Hay una forma mas clara de decirlo?

 

Bibliografía:

(*) Mas allá del Principio del Placer. 1920. Tomo XVIII. Amorrortu Ediciones.